La práctica en el dojo de Lisboa, día a día

En 1997 Raphaël Dôkô Triet, acompañado por cuatro discípulos suizos y franceses, vino a establecerse en Lisboa, última gran capital europea en la que el zen no estaba aún implantado. Abrió un dojo en la calle Morais Soares, en un barrio popular y multicolor suspendido sobre el Tajo. Cuando en 2005 volvió a vivir a París, confió a Yves Shoshin Crettaz la responsabilidad del dojo de Lisboa y la de los grupos de zazen que se abrieron en Oporto y en Peniche.

El Centro zen de Lisboa se compone de dos apartamentos pequeños unidos que se abren a un patio encalado y rodeado de jazmines. Una pasarela de madera conduce al dojo instalado en un antiguo taller de artesano.

En ese lugar resguardado de los ruidos de la calle, la sangha lisboeta se reúne ocho veces por semana para practicar zazen y, por la mañana, comer genmai, preparada y servida a turnos por los monjes, monjas y bodhisattvas.

Otras actividades regulares: todos los sábados por la mañana una iniciación al zazen dirigida a los principiantes; casi todos los meses una jornada de zazen y una mañana de costura del kesa; dos sesshines por año, una en primavera y otra en el fin de semana de Todos los santos.

Pero la práctica no se limita a zazen, a la genmai o a la costura. Aquí el samu es intenso. ¡Ay! Las hojas muertas del níspero del patio en otoño. ¡Ay! Las cacas de los gatos del barrio que se recogen a paladas…

Además, claro está, de lo normal: limpieza, cuentas, secretaría, página web, tienda, biblioteca, organización de conferencias, comités del dojo, la Unión Budista portuguesa, etc. El gyoji portugués es el gyoji de cualquier otra parte. De vez en cuando también el responsable del dojo anima un ciclo de formación al budismo zen y seminarios de lectura de textos.

Lisboa plantada en la punta más extrema de Europa, sin embargo, no está aislada. Seikyuji, el templo de la Morejona, en el sur de España, está a 500 kilómetros. El templo de la Gendronnière se encuentra a 2.000 kilómetros. Está lejos y es caro para un bolsillo portugués. Pero en la medida de lo posible a la sangha portuguesa le gusta reencontrarse allá con los compañeros de la Vía tan lejos y tan cerca al mismo tiempo, para caminar juntos un ratito y para, también juntos, mirar el cielo con Fernando Pessoa que exhorta:

¡Pasa, pájaro, pasa y enséñame a pasar!

Yves Shôshin Crettaz.